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Venancio: «El diseño es esencialmente reflexivo, autocrítico e integrador; si no cumple con esto, no es diseño»

El vicedecano de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires (FADU-UBA), Carlos Venancio, reflexiona sobre la articulación entre el diseño y el saber.

Nacido en Buenos Aires en 1963, Carlos Venancio es egresado de la primera promoción de Diseño Gráfico de la FADU-UBA, donde actualmente es vicedecano y encargado de la Secretaría Académica. En la misma institución, dirige el posgrado en Proyecto Editorial y es profesor titular de las materias Tipografía 1 y 2 de la carrera de Diseño Gráfico. De gran trayectoria en la gestión y la enseñanza de la disciplina, fundó la carrera de Diseño Gráfico de la Universidad Nacional de Misiones, de la que también fue director y docente. Reconocido por el Ministerio de Educación de la Nación por su aporte a la educación Pública, es presidente del DiSUR, la red de carreras de diseño de universidades públicas latinoamericanas. En el ámbito privado, lidera junto a Darío Contreras la consultora en diseño estratégico Marca.

En esta oportunidad, el también exeditor de la revista tipoGráfica participa de la sección "Opinión Experta" del Old&Newsletter #13 de Fundación IDA para reflexionar sobre la interrelación entre el saber y el diseño, evaluar sus experiencias superadoras y plantear las dificultades actuales.

–¿Se puede repensar o redefinir el diseño desde el saber? ¿y el saber desde el diseño? ¿puede uno prescindir del otro?
–El diseño es una actividad reflexiva e intelectual que tiene un producido objetual muchas veces confundido o reducido, desde fuera de la disciplina, únicamente a lo tangible. Es una tendencia que cree ver el todo en la parte, una simplificación que resulta muy distorsiva.
En general, el disciplina es muy visible a través de su actividad profesional en el uso cotidiano, pero menos visible en su producción intelectual, con un corpus teórico, con formación universitaria, de posgrado y de investigación.
En rigor, el diseño es un pensamiento estratégico que recibe y analiza situaciones, estudia audiencias, usuarios, comportamientos y propone soluciones para problemas concretos de todo orden. Es proyectual, es decir, prefigura soluciones que deberán implementarse en el futuro. Proyectar es imaginar y proponer el futuro, plantear lo que no existe como solución de problemas pre-existentes.
Este tipo de tarea requiere una reflexión permanente. Es un proceso virtuoso que se piensa a sí mismo de manera constante; que requiere saberes de otras disciplinas que lo retroalimenten y lo modifiquen; que produce, reproduce y también “consume” conocimiento. No existe un conjunto de saberes desperdigados por un lado y el diseño por el otro, pues este último es esencialmente reflexivo, autocrítico e integrador; si no cumple con ello, no es diseño.

–¿Qué casos, personajes, productos o elementos de la cultura argentina e internacional podrían dar cuenta de una experiencia superadora entre estos términos?
–Me interesan más las pequeñas historias que los grandes casos de éxito, porque en general están más vinculados a mecanismos de difusión masiva que a su efecto real sobre la vida de las personas. Por ejemplo, cuando el rediseño de un formulario de solicitud de créditos de Total Design hizo crecer exponencialmente el pedido del mismo. Allí había un problema invisibilizado, gente que no podía resolver necesidades económicas porque la información no era clara. Me gusta ese caso porque el producto, en términos de diseño, carece de espectacularidad, pero resulta enormemente transformador y coloca la disciplina en el lugar de resolver inequidades: en este caso económicas, de clase o sociales, pero en otros también de género, etarias o atendiendo a capacidades diferentes.
Un baño sin distinción de género, como el que implementamos en la FADU, puede ser una intervención de diseño menor. Pero que, en términos de impacto y de transformación, resulta enormemente significativo y un ejemplo de visibilización y restitución de derechos para sectores específicos de nuestra comunidad.
Hace unos años, convocaron a nuestro estudio para rediseñar la marca más grande y emblemática de Argentina, que venía de varios procesos de restyling como reflejo de sus vaivenes empresariales y políticos. Nos dieron una cantidad de material y de información y nos dijeron que hiciéramos una propuesta de intervención. Se sorprendieron cuando propusimos no tocar el logotipo ni los elementos básicos de la identidad, pero sí desarrollar un sistema que los potenciara y les diera coherencia (basado en la tipografía, dicho de paso). Y eso hicimos, ajustando todo para que entrara en sistema. No caímos en la tentación personal de diseñar un nuevo logotipo: propusimos solucionar un problema. Es un buen ejemplo de cómo entiendo el diseño.
En términos de trabajos muy conocidos y que son parte de nuestra cultura urbana, me gustaría citar el diseño de la señalización de la ciudad de Buenos Aires, de Palito González Ruiz y Ronald Shakespear. Hubo allí una idea tan poderosa y funcionalmente pertinente que era inevitable releerla cada vez que había que pensar un nuevo sistema. Ha sido repetida hasta el agotamiento, con variantes, pero siempre con la misma idea central, en cada pueblo y ciudad de Argentina y de nuestra región. El paquete de identificación-señalización-orientación era tan claro que resultaba casi obvio. Hoy tenemos otras miradas, desde otras lógicas menos neutralistas y uniformadoras, pero sin duda que aquel proyecto de 1971 es emblemático de nuestra historia visual.
No obstante, para no perder el foco, un proyecto de una miniplanta potabilizadora individual o de una pasteurizadora familiar son menos visibles pero tanto o más importantes. Existen desarrollos de este tipo en mi propia facultad, impulsados con no poco esfuerzo. Es allí donde está el efecto transformador del diseño y en donde deberíamos enfocarnos.

–¿Ha cambiado en el siglo XXI, con las nuevas tecnologías, modos de educar, habitar, consumir y relacionarse, la vinculación entre diseño y saber?
–El diseño es una disciplina "joven". Eso no quiere decir que exista desde hace poco tiempo: las puntas de flecha talladas en piedra de variadas formas y funciones se “fabricaron” hace miles de años. Pero, desde su construcción disciplinar, la nuestra es menos antigua que otras. Seguramente, es por eso que a Leonardo se lo llama "ingeniero" o "arquitecto" pero nadie le dice "diseñador", aunque haya diseñado el tenedor, el molinillo de ajo o un protohelicóptero. Es un tema solo de tiempo.
Nunca hay que confundir las herramientas con las disciplinas. El ser humano evoluciona y está impactado por diversas transformaciones. La tecnología –hoy y siempre– es el emergente visible de esa evolución. No es que nos veamos modificados únicamente por la tecnología, sino que creamos la tecnología que nos transforma. Es un tema de pesca. Hay que enseñar los fundamentos de la pesca y no regalar filet de merluza. Por eso estoy en contra de enseñar determinada tecnología, sino, más bien, creo necesario ejercitar un pensamiento tecnológico. Cuando yo estudié, las fotocopias no hacían ampliaciones y no existían ni las computadoras ni internet, pero hoy puedo usar casi cualquier cosa conociendo qué problemas pueden solucionar.
Todos podemos aprender a usar herramientas. Lo que tenemos que aprender previamente es a identificar nuestras necesidades para elegir y usar la mejor herramienta disponible. La clave está en nosotros, no en la tecnología.

–¿Cómo podría potenciarse este binomio para generar soluciones innovadoras que impliquen mejoras en tópicos como la inclusión social, la diversidad cultural, la equidad de género, el cuidado medioambiental y el acceso a la educación?
–Esta es una respuesta absolutamente política, y me encanta poder darla. Tengo la convicción absoluta de que la razón de ser del diseño es transformar la realidad. Y los grandes temas de transformación deben estar en la agenda pública de gobierno. El Estado es el actor fundamental de estas acciones porque están destinadas a mejorar la calidad de vida de la gente. Allí no hay plusvalía, y nadie lo va a hacer si no es el Estado.
Nadie discute que la educación es una inversión, igual que el diseño. Multidisciplinar, participativo, estratégico, transversal: el diseño es esencialmente para los otros. Más aun: es el otro. Nada resultará más innovador que pensar en estos términos.
Nuestro deber –o, en todo caso, siento que es el mío, desde mi lugar– es hacer el máximo esfuerzo para incluir el diseño en la toma de decisiones sobre cualquier tema que nos afecte como sociedad.