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Saltzman: «El problema es que seguimos apegados a cómo son las cosas: pensar desde las interacciones nos permite desnaturalizar el mundo, volver a conectar, sorprendernos e imaginar con mayor libertad»

La prestigiosa diseñadora y docente Andrea Saltzman insiste en abandonar la visión fragmentada para generar soluciones transversales y complejas desde los espacios de interacción.

Nacida en Buenos Aires y graduada como arquitecta (1983), Andrea Saltzman es una docente pionera en la institucionalización del diseño de indumentaria en el país y exponente de su área en la región. En 1989 conformó —junto a Rosa Skific y en la Universidad de Buenos Aires— la primera cátedra de Diseño de la carrera de Diseño de Indumentaria y Textil del país. De esta carrera fue además directora (2009-2014) y actualmente es titular de cátedra y profesora de la maestría en Diseño Interactivo.

Asimismo, la también Doctora en Diseño por el Politécnico de Madrid ha creado y coordinado la tecnicatura en Producción de Indumentaria de la Secretaría de Educación de la Ciudad de Buenos Aires (1998-2001) e impartido capacitaciones en establecimientos latinoamericanos y europeos.

Su formación en arquitectura y danza se refleja en su práctica académica: el abordaje de los intersticios generados entre el espacio, el movimiento y el cuerpo es una constante en sus investigaciones, de las que resultan publicaciones como El cuerpo diseñado (Paidós, 2004) y La metáfora de la piel (Paidós, 2019). Los trabajos de sus cátedras son reconocidos por su calidad experimental, mientras que en sus desfiles y sus curadurías da cuenta de una inagotable curiosidad por lo híbrido y lo inclasificable.

En esta oportunidad, participa de la sección “Opinión Experta” del Old&Newsletter de diciembre para abordar ese tema que tanto conoce y está dispuesta a deconstruir: la interrelación del cuerpo con la disciplina.

–¿Se puede repensar o redefinir el diseño desde el cuerpo? ¿Y el cuerpo desde el diseño? ¿Puede prescindir uno de otro?

–Quizás mi aporte más fuerte a la disciplina tenga que ver con eso: pensarla desde el cuerpo y desde su interacción. Creo que no hacerlo, en general, obedece a una visión fragmentada, ceñida al producto en lugar de a su complejidad. La metáfora de la máquina es una concepción que nos ha atravesado durante mucho tiempo y que anida en mirar las cosas segmentadas, por fuera de la trama que las contiene. Por el contrario, mi trabajo de investigación ha sido siempre recuperar ese tejido. De hecho, mi primer libro, El cuerpo diseñado, contempla una perspectiva integradora: no habla del diseño del objeto-vestimenta sino del diseño de características para el cuerpo mismo. En La metáfora de la piel, profundizo esa noción entendiendo el lugar del diseño desde el “entre”, es decir, como mediador del cuerpo y el mundo, un lugar creativo y vital de interacción, tal como si fuese una piel.

Nuestra disciplina busca transformar el entorno —hablamos de aggiornar la vestimenta a cambios sociales, culturales, tecnológicos, productivos, de género, etcétera— y es desde los lugares de interacción donde pueden ejecutarse esas transformaciones. En la medida en que uno piense en las interacciones hay una posibilidad interesantísima de replantear todo.

Si uno se focaliza solo en la relación sujeto-objeto, la acción acabará en la mera producción industrial seriada, esa especie de repetición con pequeñas variaciones; en cambio, si uno ahonda en las interacciones, podrá quebrar la dinámica establecida y dejar que afloren situaciones que están aun por fuera de lo que uno conoce. Esto sería, por ejemplo, dejar de construir con parámetros de cuerpo ajustados a normas convencionales o a partir de la clásica operación de corte y confección —el pasaje de una bidimensión del textil a la tridimensión del cuerpo— para proponer piezas o situaciones desde materiales que se adapten o puedan transformarse en relación a la figura o integrar otras disciplinas, como la biología o la física, en relación al diseño.

–¿Qué casos, personajes, productos o elementos de Argentina o del mundo podrían dar cuenta de una experiencia superadora, distintiva o particular entre estos términos?

–Siempre hemos separado la mente del cuerpo y, por esto, hay poca validación de la experiencia corporal en el desarrollo del conocimiento, sobre todo en el ámbito académico. Uno podría comprender cualquier diseño: industrial, arquitectónico y, más todavía, de indumentaria, mediante el cuerpo. Básicamente este es el soporte, la fuerza, la energía que le da sentido. Para entender el contrapunto interior-exterior basta, sin ir más lejos, con ejercitar la respiración, con inhalar y exhalar.

Son varios los referentes que han intentando quebrar esas nociones fragmentadas en el campo de la indumentaria, un ámbito que desde el vamos plantea una segmentación si se lo lee como prendas —pantalón, camisa, sweater, campera—. Sabemos que en varias empresas se trabaja estrictamente sobre fichas técnicas que aluden a un desarrollo casi planar.

A modo de ejemplo, a principios del siglo XX y con el advenimiento del deporte y un cambio de actitud en el rol femenino, se produjo una revolución en la silueta. Si bien casi todos los libros de moda aluden a Paul Poiré como el gran revolucionario por haber eliminado el corsé —y es extraordinario el lograr sortear las normas culturales—, Mariano Fortuny, contemporáneo de Poiré, no solo eliminó el corsé sino que desarrolló una técnica de drapeado de la seda natural y configuró así un vestido adaptable a cualquier cuerpo, como una piel viva que le daba movimiento facilitando el calce, lo que incluso evitaba la problemática de los talles. A ese vestido, de hecho, lo patentó con el nombre de Delphos.

Como continuador, Issey Miyake ha sido un explorador tremendo, capaz de plantear esculturas textiles performatizadas por la acción del cuerpo, acompañando sus movimientos e integrando su saber cultural, ya sea desde la flexibilidad, su destreza para pasar del plano a la tridimensión o el empleo del plegado del origami en la generación de vestimenta.

Creo que hay muchos ejemplos interesantes. Churba ha explorado las técnicas gráficas y ha sabido jugar con la plancha y transgredir muchos órdenes establecidos.

En otros campos, me interesa el trabajo de Diana Cabeza, quien desde el diseño industrial no habla del banco o de la silla sino que propone topografías de apropiación del cuerpo. Cuando piensa, lo hace en las posibilidades de encuentro y de interacción entre los cuerpos y en múltiples posibilidades desde la puesta en escena.

Pensar desde el cuerpo es pensar en la trama. No se trata solo del cuerpo que porta o que viste, no es simple forma o anatomía, es también un cuerpo que produce, que trabaja, que se alimenta, que habita, que consume recursos, que los comunica.

El diseñador es un anticipador de los cambios culturales. El universo cotidiano es tan próximo que creemos que la vida es así, pero muchas formas, recursos y técnicas hoy no tienen sentido porque el contexto cambió. El problema es que seguimos apegados a cómo son las cosas. Pensar desde las interacciones nos permite desnaturalizar el mundo, volver a conectar, sorprendernos, e imaginar con mayor libertad.

–¿Ha cambiado en el siglo XXI, con las nuevas tecnologías, modos de educar, habitar, consumir y relacionarse, la vinculación entre diseño y cuerpo?

–Claro, ha cambiado y va a cambiar porque las problemáticas actuales son diferentes a las del siglo XX. Hablamos de la necesidad de replantear nuestra manera de habitar y de consumir porque estamos en situaciones límites. Pienso en Friedensreich Hundertwasser, creador de la teoría de las Cinco Pieles, quien ya en plena época del racionalismo manifestaba que los edificios tenían que deglutir sus propios desechos y generar terrazas verdes. Pensar en la trama lo llevó a ser uno de los primeros ecologistas. Hoy, cuando se habla de arquitectura sustentable, es un gran referente.

Para mí, desde la física, Fritjof Capra resultó fundamental. Su libro El punto crucial (1982) da cuenta de la necesidad de volver a abordar el mundo desde la complejidad y superar la visión dualista, de creernos por fuera de la naturaleza. Invita a reflexionar acerca de los efectos de la modernidad y a comprender la interrelación del sujeto con la ecología y el entorno.

La pulsión depredadora es propia de la visión fragmentada, algo que no han tenido las culturas originarias. Entonces, ante esta situación, nace la urgencia de reenfocar, tomar consciencia, del diseño dentro de este imaginario complejo que es la metáfora de la piel.

Motivado un poco por el aislamiento obligatorio, en el medio también se dieron situaciones particulares. A través de pedidos chiquitos vía remota, se estableció un diálogo entre el cliente y el fabricante bastante alejado de la sobreproducción. Con esto, tomó fuerza la interacción y se reforzó la puesta en valor del material con objetos que —lejos de ser desechables— tienen incluso una carga emocional.

Se vienen cambios bruscos, sin dudas. Reforzada por la pandemia, la omnipresencia de la red digital implica una mutación en la noción de cuerpo que debemos afrontar. Nos empuja a reconstituir esta piel bajo una nueva concepción de cuerpo-espacio-tiempo, esta vez sin olor, sin tacto, sin gusto.

La trama tecnológica acarrea posibilidades muy potentes, también desde sus sistemas de composición en 3D. Si ya no tengo el parámetro de repetición de la industria, puedo producir algo particular para cada uno, para cada cuerpo. Es casi como volver a la artesanía, a configurar en torno a ese vestido, a ese objeto en interacción, con un para qué y un para quién específicos.

Hay varios sistemas de representación novedosos que aluden a una visión compleja, desde diferentes ángulos, y que permiten introducirnos y recorrer los intersticios: esto cambia también la dimensión del propio cuerpo. Cuando estudié arquitectura no era así. En los planos, también particionados, generalmente el observador estaba fuera del espacio. Perspectiva, vista, planta, corte: todas las piezas apuntaban más a cualidades constructivas que a la inmersión de ese sujeto que lo habitaría, que lo percibiría.

Por otra parte, son interesantes las formas o los materiales que empiezan a surgir del entrecruce con territorios como la biología. Son cuantiosos los diseñadores argentinos que trabajan con hongos y bacterias —podría mencionar la kombucha, por ejemplo— o quienes, como el Grupo Bondi, intervienen y moldean directamente los frutos y “cultivan” los productos: de este caso, con gracia y anclaje popular, resultan mates de calabaza con la cara del Papa Francisco.

–¿Cómo podría potenciarse este binomio para generar soluciones innovadoras que impliquen mejoras en tópicos como la inclusión, la diversidad, la equidad de género, el cuidado medioambiental y el acceso a la educación y la salud?

–En principio, dejar de diseñar solos. Tenemos que trabajar en una red que conecte diferentes saberes. Nuestro manejo de las cosas es bastante limitado: debemos profundizar la comunicación y hacerlo de otra manera, construir en grupo y pensar para todos.

La idea del conflicto común que evidenció el Covid también habla de un cuerpo, de un cuerpo-mundo, un cuerpo-naturaleza. Entonces, ¿cómo entender el cuerpo como algo ajeno? Somos ese aire que inhalamos y soltamos al exterior; si algo nos enferma, enfermamos el contexto.

Esta dimensión ambiental es uno de los grandes desafíos que tenemos por delante. Durante mucho tiempo abogamos o naturalizamos los límites de fronteras o de territorios: llegó la hora de trabajar en comunidad, unir diferentes dimensiones y dejarnos atravesar por ellas. El cuerpo no es el cuerpo: es el cuerpo y el espacio, es el cuerpo y la naturaleza, es un cuerpo entramado. Pensar en esa trama vital es nuestro verdadero desafío.

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Foto: Edu Feller