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Pasquet: «Es necesario tomarse en serio otros modelos sociales y desarrollar alternativas reales que ayuden a cumplir el objetivo de un diseño sostenible e inclusivo»

La diseñadora, docente e investigadora radicada en Misiones Daniela Pasquet pondera la conciencia territorial como base para generar soluciones adecuadas a las necesidades económicas, productivas y culturales de una sociedad.

Diseñadora gráfica por la Universidad de Buenos Aires (UBA), Daniela Pasquet vive desde muy joven en la ciudad de Posadas. Allí es actualmente titular de las carreras de Diseño de la Facultad de Arte y Diseño de la Universidad Nacional de Misiones (FAyD-UNaM) y codirectora del Laboratorio de Arte, Diseño y Tecnología de Código Abierto y vicedecana de la misma institución.

Incansable promotora de la articulación entre el Estado, la academia y la producción local, coordinó el Programa de Diseño Activo Misiones del Ministerio de Cultura de la Nación y el Curso de Diseño y Comercialización de Producción Artesanal Guaraní Mbya, junto a las artesanas de comunidades Mbya de Misiones, además de integrar el Programa de Diseño Artesanal Ñandeva. Actualmente, coordina el proyecto que vincula la UNaM con la Secretaría de Agricultura Familiar, Campesina e Indígena de Nación para la identificación visual y la comunicación de productos de organizaciones agrícolas y dirige Diseño y Praxis en el territorio, de la FAyD-UNaM. En su amplia trayectoria ha ganado premios, dictado conferencias, publicado textos y participado de exposiciones en el país y el exterior.

En esta oportunidad, la también secretaria ejecutiva de la red de carreras de Diseño en Universidades Públicas Latinoamericanas DiSUR e investigadora especializada en estrategia, gestión e innovación responde las preguntas de la sección “Opinión Experta” del Old&Newsletter de enero y da su punto de vista sobre la relevancia del territorio a la hora de poner en práctica la disciplina.

–¿Se puede repensar o redefinir el diseño desde el territorio? ¿Y el territorio desde el diseño? ¿Puede prescindir un concepto de otro?

–El diseño debe sostener un diálogo permanente con el territorio que habita para poder repensarse de manera situada. No es posible abordar un territorio como una entidad abstracta, ya que se estarían consolidando categorías homogéneas. Casi siempre, el problema reside en que los diseñadores tendemos a sostener la mirada desde afuera hacia adentro y trasladamos supuestos que priorizan lo global por sobre lo local.

El territorio es una trama compleja, es plural, es diverso y se encuentra expuesto a las contingencias sociales, políticas, económicas, culturales; existe en su propia configuración un proceso constante de transformación contextual y temporal que condiciona los modelos relacionales de la disciplina.

En su libro Pueblos expuestos, pueblos figurantes, Didi-Huberman comparte una reflexión de Hannah Arendt a partir del concepto de aparecer político, ese aparecer de los pueblos: “Los pueblos no son abstracciones, están hechos de cuerpos que hablan y actúan. Presentan y exponen sus rostros, en tanto confluyen en las multiplicidades que propone una multitud sin número de singularidades: movimientos, deseos, palabras, acciones”. En ese encuentro con el otro, debemos abrirnos al ejercicio de un intercambio de saberes, de opiniones y de conocimientos para que, desde la localía, ese lugar situado, podamos construir una mirada crítica territorial posibilitando la interacción desde lo local a lo global.

–¿Qué casos, personajes, productos o elementos de Argentina o del mundo podrían dar cuenta de una experiencia superadora entre estos términos?

–El redescubrir los escenarios territoriales a partir de crisis económicas y, en consecuencia, sociales —la del 2001 en Argentina, por ejemplo— nos permitió reconocer la existencia de un hacer con mínimos recursos. Ese modo de producir dio un tono precario en su hacer como isotopía productiva de la demanda, presentándose bajo la forma de aventura, riesgo, imprevisibilidad o interpelación. Quizá uno de los mayores ejemplos latinoamericanos es el de Cuba, donde a partir de la caída del muro a fines de los años 80 y la posterior disolución de la Unión Soviética sus habitantes tuvieron que enfrentar una profunda crisis de desabastecimiento mediante el desarrollo de lo que Ernesto Oroza define como desobediencia tecnológica, una alternativa estimulada por la revolución que devino el principal recurso de los individuos para sobrevivir a la ineficiencia productiva de la misma.

El poco esfuerzo federal en nuestro país en términos de desarrollo productivo e implicancias tecnológicas llevó a realizar artefactos y estrategias “posibles” desde organizaciones informales. Un caso notable es el del diseñador Javier Balcaza, quien desde la Universidad Nacional de Misiones y junto a la agrupación de artesanos de Lanas de Misiones llevaron a cabo en los municipios de Profundidad y Fachinal el diseño, la construcción y la instalación de un taller de lavado de lana ovina a baja escala de mecánica sencilla y facilitaron a la comunidad artesana la fabricación de objetos/productos de fieltro e hilado.

Otras experiencias interesantes son las de la cooperativa de diseño Óita en barrios tareferos de Aristóbulo del Valle o con el club de voley femenino de Mojón Grande, en la provincia de Misiones. En estos casos, se trabajó junto a los actores de los espacios en la generación de estrategias de comunicación e identidad para la visibilización de sus acciones. Bajo el lema de “Diseñar para construir sentido comunitario”, las organizaciones de base territorial fueron acompañadas y apoyadas a fin de fortalecer y propulsar la autonomía ciudadana.

–¿Ha cambiado en el siglo XXI, con las nuevas tecnologías, modos de educar, habitar, consumir y relacionarse, la vinculación entre diseño y territorio?

–Sí, claro que las ha modificado, aunque no lo suficiente. Muchas comunidades son meras espectadoras sin posibilidad de acceso; por ello, es necesario emplazar y priorizar un enfoque de desarrollo social vinculado a los derechos humanos. El Estado debe garantizar estas transferencias, de modo que el diseño pueda provocar los cambios necesarios con el mayor acceso a los territorios. El diseño debe situar, transferir y traspolar esas nuevas tecnologías a las comunidades para que las personas logren un lugar y una vida sostenibles.
En este tiempo, en el que las políticas neoliberales han provocado la mayor de las crisis a nivel mundial, es necesario tomarse en serio otros modelos sociales y desarrollar alternativas reales que ayuden a cumplir el objetivo de un diseño sostenible e inclusivo.

–¿Cómo podría potenciarse este binomio para generar soluciones innovadoras que impliquen mejoras en tópicos como la inclusión, la diversidad, la equidad de género, el cuidado medioambiental y el acceso a la educación y la salud?

–La crisis sanitaria —a la que sumo económica y social— nos ha confrontado con nuestras propias limitaciones y nos permitió visualizar lo heterogéneo de nuestros pueblos, sobre todo, en la desigualdad que existe en las formas disímiles de habitar y acceder al conocimiento.

Debemos desarmar esas “verdades” que nos sugiere el mundo moderno de los medios y la globalidad, tales como “el papel está muerto”, “la radio es el pasado”, “lo artesanal está reñido con lo global”, “las redes sociales son imprescindibles para crear”, “para influir y crecer, es necesaria una audiencia masiva”, “la web es libre”, “rentabilidad en alta escala y bajo costo”, entre muchas otras premisas, demasiadas, asumidas como reales.

La enseñanza del diseño habilita ese lugar de invención que pone en crisis los modelos dados. Sin embargo, eso es posible solamente si lo hacemos de manera comunitaria, colectiva, a través de redes de colaboración en los territorios; si ponemos a disposición de las sociedades las investigaciones científicas y universitarias a través de las prácticas de código abierto y de acceso libre; si ubicamos a los actores del diseño como sujetos políticos promotores de ese cambio social que nos merecemos; y si articulamos con el Estado y las organizaciones que se presentan en los territorios.