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Lucena: «Diseño y cuerpo se convocan e interpelan constantemente, dando forma a prácticas que redefinen gestos, técnicas, imaginarios y objetos que marcan el latido cultural de cada época»

La socióloga, docente e investigadora Daniela Lucena repasa episodios de nuestro devenir cultural para repensar las prácticas del vestir y la relación siempre mutante entre cuerpo y diseño.

Daniela Lucena es una de las máximas referentes en el estudio de los cruces entre arte, cultura y transformación social. Socióloga y doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA), es investigadora del CONICET y profesora de grado y de posgrado en distintas universidades argentinas y del exterior.

Sus trabajos enfocados los movimientos estéticos y las prácticas del vestir argentinos tomaron forma en libros como Contaminación artística (Biblos, 2015), Modo mata moda: Arte, cuerpo y micropolítica en los 80 (Edulp, 2016) y Costura y Cultura: Aproximaciones sociológicas sobre el vestir (Edulp, 2019). Asimismo, participó en la realización de muestras, archivos y catálogos en el Museo Reina Sofía de Madrid y en los museos Moderno, Muntref y Malba de Buenos Aires, entre otros, y actualmente colabora con la Fundación PH15.

En esta ocasión fue invitada por Fundación IDA a responder las preguntas del cuestionario de “Opinión Experta” del último Old&Newsletter del año y compartir su visión sobre el vínculo entablado entre cuerpo y diseño en capítulos cruciales de nuestra historia cultural.


A falta de saber, gastamos palabras. Como dirá Nietzsche, nos extrañamos ante la conciencia, pero “más bien es el cuerpo lo sorprendente…” (Deleuze, 1970)


–¿Se puede repensar o redefinir el diseño desde el cuerpo? ¿Y el cuerpo desde el diseño? ¿Puede prescindir uno de otro?

–El cuerpo es superficie de encuentro entre lo individual y lo social, límite poroso entre lo íntimo y lo externo, territorio de expresión y existencia sensible. Lo social se interioriza a través de nuestro cuerpo y es desde allí que construimos sentidos sobre el mundo que nos rodea. Desde el cuerpo abrazamos y humanizamos un universo que es siempre existencia compartida: es en comunidad que podemos realizar nuestra esencia y nuestras capacidades creadoras. Si pensamos lo corpóreo como interfaz entre el orden de lo físico y de lo simbólico, veremos que diseño y cuerpo mantienen una interacción profunda y permanente. Se convocan e interpelan constantemente, dando forma a prácticas que redefinen gestos, técnicas, imaginarios y objetos que marcan el latido cultural de cada época.

–¿Qué casos, personajes, productos o elementos de Argentina o del mundo podrían dar cuenta de una experiencia superadora, distintiva o particular entre estos términos?
–A lo largo del siglo XX, distintas experiencias estéticas disruptivas marcaron quiebres en el modo de concebir la relación cuerpo-diseño. En los años 40, la vanguardia de arte Concreto liderada por Tomás Maldonado intentó potenciar las capacidades inventivas a través de un arte de construcción que, con el correr de los años, dio lugar a la primera formulación del diseño argentino. Allí, fue central la fusión de disciplinas y una visión integral del ser humano que permitió imaginar nuevas realidades más justas e igualitarias a partir de la contaminación de formas.

En los años 80, la escena under de Buenos Aires vio nacer una serie de iniciativas irreverentes, precarias y festivas que tensionaron los límites disciplinares entre el arte, la moda y el diseño. En estas acciones contraculturales resonaba con fuerza la pregunta de Spinoza: ¿qué puede un cuerpo, de qué afectos es capaz? Artistas y diseñadores exploraron la potencia de la alegría y el trabajo colaborativo como gesto desde el cual crear nuevas comunidades estéticas y afectivas. El grupo de los Genios Pobres, liderado por Sergio De Loof e integrado por Marula Di Como, Gabriela Bunader, Cristian Dios, Andrés Baño y Gabriel Grippo, entre otros, fue emblemático en este sentido. A través de procedimientos como la deconstrucción y el reciclaje exploraron las posibilidades del cuerpo-vestido como territorio de fuga e indisciplina, dando lugar a poéticas vestimentarias que trastocaron el binomio sexo-género y redefinieron audazmente las convenciones sobre lo bello y lo deseable.

–¿Ha cambiado en el siglo XXI, con las nuevas tecnologías, modos de educar, habitar, consumir y relacionarse, la vinculación entre diseño y cuerpo?

–Sí. Sabemos desde Michel Foucault que el poder circula por y a través del cuerpo, con lo cual las nuevas tecnologías juegan un papel central para pensar los nuevos modos del control político de la corporeidad. Gilles Deleuze recurrió a las máquinas para ejemplificar el cambio que transitamos desde las últimas décadas del siglo XX: de las maquinarias analógicas simples con poleas, relojes y palancas a los equipos digitales e informáticos que entablan con nosotros una relación dialógica. Tal mutación implica un nuevo modo de funcionamiento del capital, que en su fase actual semiótico-financiera ha pasado a producir, como nunca antes, una multiplicidad de signos que intervienen activamente en la identificación y en la comunicación individual y grupal. Así, el cuerpo físico y emocional queda inscripto en una cartografía desterritorializada y múltiple de experiencias que, bajo la racionalidad cibernética, se traducen en flujos de información que intentan capturar y codificar pensamientos, deseos y sensaciones. Pero ese mismo cuerpo que es modelado —y narcotizado— por los dispositivos de control puede ser también tope, fuga y resistencia a los poderes que intentan sujetarlo. En este desafío, el diseño puede operar como interrupción y desvío: estimular el movimiento del cuerpo adormecido, sustrayéndolo del embotamiento cognitivo e imaginando nuevas coordenadas materiales y sensibles.

–¿Cómo podría potenciarse este binomio para generar soluciones innovadoras que impliquen mejoras en tópicos como la inclusión, la diversidad, la equidad de género, el cuidado medioambiental y el acceso a la educación y la salud?

–Creo que es urgente repensar nuestra relación constitutiva con la naturaleza —de la que somos parte— y con los otros humanos y no humanos. La pandemia dejó muy en evidencia que “la normalidad era el problema” y que no queremos seguir habitando un mundo así. Los nuevos enfoques del diseño ya están problematizando qué tipo de vínculo y de compromiso queremos establecer con el entorno y con los demás seres. Tópicos como la sustentabilidad, la diversidad, la igualdad y la inclusión llaman la atención sobre la necesidad de revisar estrategias y construir una nueva ética colectiva de producción y consumo. “Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos”, decía el poeta Fernando Pessoa. Tal vez el nuevo camino empiece resignificando nuestra singularidad por fuera de las narrativas individualizantes y reconectando con nuestra esencia creadora, ligada indisolublemente a la vida genérica universal que se exterioriza en cada una de nuestras actividades.

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Foto: Gianni Mestichelli