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Escribano: «Después de esta gran crisis sanitaria mundial, que conlleva un enorme daño colateral en lo económico y lo social, habrá que repensar qué producimos, para qué, para quién y de qué manera lo hacemos»

La coordinadora general de la Bienal Iberoamericana de Diseño (BID), Gloria Escribano, insta a entender el diseño como una herramienta de transformación y de acción en un presente cargado de incertidumbre.

Nacida en Argentina en 1960, Gloria Escribano reside en Madrid desde sus 29 años. Antes de viajar a Europa, y luego de graduarse como licenciada en Filología por la Universidad de Buenos Aires, se desempeñó como periodista para diversos medios culturales locales.

Tras arribar a España, continuó con su formación de grado y de posgrado con el objetivo de desarrollar, de gestionar y de administrar proyectos socio-culturales y artísticos y de dinamizar estrategias de contenidos ligados a la comunicación y la producción.

Especializada en temas vinculados a la cultura, la arquitectura y el diseño, desde 2007 encara el enorme desafío de dirigir la BID, la cita más importante del diseño iberoamericano contemporáneo. A su vez, a partir de 2009, lleva adelante el Encuentro BID de Enseñanza y Diseño que organiza DIMAD, Fundación Diseño Madrid, en la Central de Diseño de Matadero Madrid. Desde su función, coordina las itinerancias que la BID realiza en distintas instituciones, ciudades y países, principalmente con la Red de Centros Culturales de España.

Como periodista, ha colaborado a lo largo de más de treinta años con medios de comunicación españoles y latinoamericanos, como las revistas Brumaria, Yo Dona, Spanorama, Estar mejor y Obras y distintos suplementos de los diarios El Mundo y La Nación. Actualmente, es redactora de ROOM Diseño, para la que presenta y modera el proyecto FoodDI, un encuentro coorganizado junto a Roca Madrid Gallery.

Invitada por Fundación IDA, Escribano respondió el cuestionario de “Opinión Experta” del Old&Newsletter de junio para desglosar los desafíos del diseño e interpelar su rol de cara al futuro.

–¿Se puede repensar o redefinir el futuro desde el diseño? ¿y las incumbencias del diseño desde la idea de futuro? ¿puede prescindir un concepto del otro?

–El diseño es básicamente adaptación al medio, desde siempre, y hoy quizás más por la urgencia que tenemos en momentos de pandemia global. Diseño es sinónimo de futuro; es prepararse para lo que viene. El diseño no puede prescindir de la idea de pasado y tradición, porque esta conlleva pruebas y errores, experiencia, saberes y un corpus tanto material como inmaterial que siempre es punto de partida para la creación y para lo nuevo, aunque sea disintiendo con ese pasado. Pero, si bien el diseño tiene que responder a las necesidades del presente, sin esa mirada hacia el futuro tampoco podría existir.

En realidad, quien no sueña hacia delante, no cuestiona, no se pregunta, no genera movimiento. El diseño puede apropiarse del pasado y del presente y justamente renovarlo. Pero ¿cómo pensar ese futuro? Contando con aliados como la tecnología, la ingeniería, la ciencia. La pregunta surge en un momento en el que todo es incertidumbre. No sabemos cómo vamos a vivir y, mucho menos, cómo vamos a convivir con las personas, con el entorno y con los objetos. No podemos tocar, no podemos oler. ¿Qué se torna prescindible e imprescindible hoy? ¿Podemos pensar en un diseño que no responda a necesidades y problemas? ¿Nos preocupa el diseño o los diseñadores, su papel, su trabajo, su proyección profesional y como personas? ¿Qué utopías podemos dibujar en medio de una distopía?

Para mí, el diseño siempre ha sido un vector para romper límites, para ir más allá, para avanzar hacia lo desconocido. Hoy vivimos en lo desconocido y lo conocido parece que no nos ampara. En este panorama, está claro que el diseño puede ser —y tal vez deba ser, casi como imperativo— audaz y anticipador, prever y vislumbrar futuros, adelantarse y ofrecernos pautas y propuestas que nos hagan vivir mejor y ser mejores con todos los instrumentos a su alcance.

–¿Qué casos, personajes, productos o elementos de la cultura argentina e internacional podrían dar cuenta de una experiencia donde la idea de futuro resulte determinante?

–Si hablamos de diseño y futuro podríamos hablar de Thonet, que supo llevar el diseño a la industria en plena revolución industrial: cuando el arte y el diseño —en ese momento, Art & Craft— odiaban cualquier cosa que oliera a máquina. Podríamos hablar de Bauhaus, por razones obvias. Como, por razones obvias, me detengo en los Eames. La revolución que causaron en los años cincuenta es comparable a la que generó la Bauhaus en los veinte. Soy una elemental y básica admiradora suya y de cómo su trabajo fusionó belleza, durabilidad y ergonomía. Su premisa de “llevar la mayor cantidad de lo mejor al mayor número de personas por el menor precio” se sumó a las cualidades afectivas de su diseño. Además, Charles y Ray Eames trabajaron para la US Navy en 1943 desarrollando una férula que permitía el primer auxilio y la evacuación de soldados heridos en las extremidades inferiores. “Realizada en madera laminada, moldeada en caliente, tenía unos agujeros que permitían al enfermero pasar vendajes y fijar la pierna para mejorar la herida. La pieza era barata, ligera, apilable, fácil de usar y tan funcional que salvó miles de piernas. Se calcula que se sirvieron hasta 150.000 unidades entre 1943 y el fin de la Segunda Guerra Mundial”, describió la revista ROOM en noviembre de 2016. También puedo detenerme en los años 60 y 70, en la época de Archigram, quienes redefinían la ciudad y el mundo, esa época en la que el plástico le dio un nuevo rumbo al diseño (aunque hoy debemos replantearnos si el plástico es o no futurible), que supo adaptarse a ese planeta democratizado donde todos podían tener acceso a lo que quisieran. Luego, se demostró que el consumismo no podía llevarnos a otro sitio que este, en el que estamos ahora mismo, y donde el diseño tiene que hacer el camino de vuelta.

–¿Ha cambiado en el siglo XXI, con las nuevas tecnologías, modos de educar, habitar, consumir y relacionarse, la manera en la que se piensa el diseño?

–En el diseño hay campo para todo: para las piezas únicas y el art design, cada vez más en auge, donde campa a sus anchas la libertad, la creatividad y todo tipo de experimentación sin una función específica, que tiene galerías propias, precios desorbitados y asiduos coleccionistas; para la ferias, que siguen sobreviviendo y siendo un escaparate para las marcas y para los autores, un modelo que se repite y parece morir pero que, sin embargo, resucita y convoca a miles de personas; y hay también un espacio, cada vez mayor, para aquellas iniciativas que tienen que ver con lo colectivo, con lo local, con la producción a pequeña escala, con intervenciones puntuales y casi militantes de diseño social, para el desarrollo y la sostenibilidad de las personas y su entorno, conceptos que están directamente relacionados con la manera de vivir, de interrelacionarse, de entender en dónde estamos y para qué.

Las nuevas tecnologías —lo vemos estos días, cuando vivimos a través de pantallas— son soportes, ayudan, facilitan y pueden abrir grandes campos de oportunidades. Pero, como dije anteriormente, la tecnología va unida a la ingeniería, a la investigación, a la ciencia, a la antropología y a la sociología también, para facilitar medios y recursos, para animar procesos y experimentaciones y para ser conducentes. La tecnología y la innovación, a veces, no tienen sentido si no se traducen en procesos industriales que no solo hagan objetos o servicios funcionales y utilizables, sino más viables y con mayor sentido.

Después de esta gran crisis sanitaria mundial, que conlleva un enorme daño colateral en lo económico y lo social, sin duda habrá que repensar qué producimos, para qué, para quién y de qué manera. Cómo se alientan los procesos, ya sean industriales, artesanales y de comunicación. ¿Será la disciplina capaz de dar respuesta a este gran lío? ¿Significa eso que se dejarán de hacer mesas, sillas y lámparas para hacer respiradores y camas para hospitales? Y, pensando un poco más en futuro, ¿habrá que crear materiales y superficies en las que las minúsculas bacterias resbalen y no permanezcan? ¿Serás las apps de localización y para medir la temperatura las grandes estrellas? ¿Deberán los textiles ser sostenibles y tecnológicos o no serán? Cuando todo un planeta se está cuidando para no morir, ¿es la moda algo superfluo?

En Europa, ya en camino a cierto desconfinamiento, hay colas en la calle para entrar a las tiendas Zara y a Primark, aunque no se tenga a dónde ir ni con quién reunirse. No parece un cambio drástico de consumo.

No me gustan los extremos pero está claro que el diseñador no puede trabajar solo ni mirándose el ombligo. En el actual panorama, la fuerza de la profesión puede radicar en reforzar el diálogo entre distintas áreas y en la complementariedad de disciplinas. Y es el momento ideal para que el diseño se posicione, tenga masa crítica y sea una voz y un interlocutor ante las instituciones y los gobiernos como un vector importante para una nueva economía y una nueva convivencia.

Pensar el diseño será pensar también cómo enseñarlo para ejercerlo de otra manera, fortaleciendo segmentos y sistemas y no quedándose solo en especulaciones y abstracciones. Pensar en diseño es, definitivamente, pensar en valores.

–¿Cómo es el diseño del futuro? ¿Qué hace falta tener en cuenta para fortalecer objetivos como la inclusión, la diversidad cultural, la equidad de género, el cuidado medioambiental, la salud y el acceso a la educación?

–La situación actual ha mostrado evidentemente todo tipo de brechas. Entre países, entre gobiernos, entre provincias, entre la sociedad. La agenda del diseño no puede obviar ejes como el desarrollo, la sostenibilidad, la igualdad de género y todo tipo de diversidad. Por un lado, son objetivos ligados al respeto por la vida y el bienestar de las personas. Por el otro, estrechamente ligados a la innovación y a la propia competitividad productiva. ¿Por qué no?

Para fortalecerlos, se impone un discurso consciente desde las áreas de poder, desde la formación, desde los creadores de opinión. También se requiere cierta voluntad para salirse de ruta, para independizarse de dogmas, ser un poco más libres para decir que si algo no funciona hoy puede hacerlo mañana, pero por los caminos más sanos, menos dañinos para el planeta. Y, para eso, un diseñador tendrá que fomentar y cultivar las relaciones con la gente para entender sus necesidades y problemas.

El diseño del futuro debe ser emprendedor, dejarse de excusas y asumir que puede transformar realidades. En este marco, esa es una de las metas que desde la Bienal Iberoamericana siempre hemos tenido. Buscamos más allá del diseño de la sorpresa y la fascinación, insistimos en amplificar aquel diseño que aporte luz por encima de resultados llamativos o tendencias. Siempre hemos intentado aglutinar trabajos a veces sencillos pero elocuentes, en los que se han manifestado la posibilidad de cambio y cierta esperanza en la humanidad. Hay que demostrar que somos capaces de hacerlo siempre mejor y de abrir nuevas perspectivas.