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Durán: «Repensar cómo contamos y transmitimos nuestro pasado implica necesariamente cuestionarnos modos de habitar, educar, consumir y relacionarnos en el presente»

La arquitecta, investigadora y escritora Cecilia Durán se sumerge en los episodios y los personajes que protagonizaron la producción intelectual y material del siglo XX en Argentina para esbozar un panorama de la relación histórica entablada entre diseño y lenguaje.

Arquitecta por diploma y escritora por deporte, tal como reza su perfil de Instagram, Cecilia Durán (Burlington, Canadá, 1984) apela a su formación proyectual para reflexionar y problematizar el devenir de la cultura material. Recibida en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires (FADU-UBA) y becaria doctoral del Conicet (2014-2019), es magíster en Historia y Cultura de la Arquitectura y la Ciudad por la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT) y doctoranda con mención en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ).

En su tesis de maestría abordó la tendencia modernizadora de arquitectura pública en Argentina durante los años 30 y principios de los 40, caracterizada por la colaboración entre arquitectos y artistas plásticos en proyectos comunes. El trabajo fue premiado por la Secretaría de Cultura de la Nación y editado en el marco de la convocatoria “Publica tu tesis” (2019).
Actualmente, explora en su investigación doctoral cómo la arquitectura se vinculó con el campo de las artes visuales y con el ámbito de la industria durante la primera mitad del siglo XX en Argentina, en una doble articulación que encuentra un punto de convergencia en el terreno de las artes decorativas y aplicadas: una zona de solapamiento e intercambio entre arquitectos, artistas plásticos y otros actores que se ocuparon de los problemas de la producción.

En esta oportunidad, la autora de Arquitectura como arte público. Estado, arquitectos y cultura en la Revista de Arquitectura (Argentina, 1925-1943) (Prohistoria, 2020) y docente de la Universidad Nacional de La Plata (UNMDP), la UTDT y la Universidad de La Matanza (UNLAM) participa de la sección “Opinión Experta” del Old&Newsletter de noviembre para indagar las posibilidades y las limitaciones históricas y actuales del lenguaje en el campo del diseño.

–¿Se puede repensar o redefinir el diseño desde el lenguaje? ¿Y el o los lenguajes desde el diseño? ¿Puede prescindir un concepto de otro?

–La relación entre diseño y lenguaje está presente en varios mitos de origen. En el tratado de Vitruvio, el primero que se conserva desde la Antigüedad, el origen de la arquitectura estaba directamente vinculado al origen del lenguaje. Allí el arquitecto narraba el proceso de creación de las primeras cabañas primitivas y sostenía que estas construcciones habían podido mejorar justamente a partir de la posibilidad del intercambio de experiencias y de las críticas mutuas que habilitaba el lenguaje. Un poco más cercano en el tiempo, Mario Carpo, un estudioso del giro digital en arquitectura, sostuvo que el primer ejemplo de diseño industrial en la historia moderna occidental podría encontrarse en la creación de fuentes alfabéticas para su implementación en la imprenta de tipos móviles inventada por Gutenberg en el siglo XVI.

En mi campo de acción particular, que es la historia de la arquitectura y del diseño, esta relación es fundamental. El lenguaje es lo que nos permite comunicarnos y dialogar con otres, construir relatos, narrar historias, compartir y discutir ideas: en todos los sentidos, este resulta imprescindible para repensar las prácticas del diseño hoy.

–¿Qué casos, personajes, productos o elementos de Argentina o del mundo podrían dar cuenta de una experiencia superadora entre estos términos?

–Un episodio singular de cruce entre estudios sobre el lenguaje e investigaciones sobre diseño tuvo lugar en la FAU-UBA a fines de los 60, a partir del trabajo conjunto que desarrollaron César Jannello, arquitecto y diseñador, y Oscar Masotta, intelectual polifacético, crítico de arte y happenista. En 1965 Masotta fue invitado por Jannello a participar en la materia Visión, donde dictó conferencias y seminarios sobre semiología y estructuralismo. A los nuevos debates sobre el problema de la forma que había introducido el concepto de Visión en la enseñanza arquitectónica, la participación de Masotta permitió abrir otras discusiones en torno al fenómeno de los medios masivos de comunicación. Ese mismo año desarrollaron un plan de investigación sobre Teoría de la Arquitectura, que presentaron en el VIII Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos realizado en París, y colaboraron en la creación del Centro de Estudios Superiores de Arte de la UBA. En 1966, el golpe de Onganía dejó trunco el proyecto. Masotta se refugió en el Instituto Di Tella y Jannello continuó con sus experimentos semiológicos impulsando en 1968 el Instituto de Arquitectura y el Curso de Semiología Arquitectónica. Allí lo acompañaron los jóvenes Mario Gandelsonas y Diana Agrest, que venían de estudiar con Roland Barthes en París. La perspectiva semiológica aplicada a la arquitectura proponía pensar los objetos arquitectónicos en términos de su significación, como sistemas de signos y como discursos que comunican mensajes.

El caso es interesante porque muestra la sinergia del campo cultural de los años 60 en Argentina, un momento en el que arquitectos, diseñadores, intelectuales, artistas y científicos debatieron ideas y produjeron conocimiento en conjunto. También muestra los vínculos del debate local con diferentes centros internacionales: desde las ideas del estructuralismo francés y las propuestas para una semiología de la arquitectura de Umberto Eco hasta las investigaciones del IAUS de Nueva York, al que se sumarían Gandelsonas y Agrest a principios de los 70.

–¿Ha cambiado en el siglo XXI, con las nuevas tecnologías, modos de educar, habitar, consumir y relacionarse, la vinculación entre diseño y lenguaje?

–Las discusiones que se están dando desde hace ya un tiempo sobre el lenguaje no sexista o lenguaje inclusivo y que han puesto en evidencia el androcentrismo en nuestro lenguaje verbal cotidiano pueden pensarse en relación a otros debates que se están dando hoy en el campo del diseño local e internacional, por ejemplo, respecto de cómo se ha narrado su historia como disciplina. Si bien estos cuestionamientos forman parte de un contexto más amplio en el que las luchas de los feminismos y disidencias han sido fundamentales para visibilizar ausencias y omisiones en diferentes ámbitos, desde la historia del diseño podemos avanzar sobre preguntas concretas no solo con relación a la inequidad de género, sino también a las desigualdades de etnia y de clase. A la pregunta de dónde están las mujeres en la historia del diseño, tenemos que sumar otras, como el papel que ocupa la identidad marrón en estos relatos. También hace falta reflexionar sobre qué lugar tuvieron los sectores populares y el mundo de la producción en el desarrollo del diseño. Repensar cómo contamos y transmitimos nuestro pasado implica necesariamente cuestionarnos modos de habitar, educar, consumir y relacionarnos en el presente.

–¿Cómo podría potenciarse este binomio para generar soluciones innovadoras que impliquen mejoras en tópicos como la inclusión, la diversidad, la equidad de género, el cuidado medioambiental y el acceso a la educación y la salud?

–Desde la historia del diseño creo que es importante abandonar los relatos heroicos que narran a les diseñadores como creadores iluminades en una torre de cristal. En cambio, tenemos que poder pensarles interactuando y articulándose con diferentes actores, instituciones y políticas públicas en el marco de procesos más complejos. No es posible pensar la historia del diseño en Argentina sin considerar sus vínculos con la historia de la industria, sin contemplar los modelos de desarrollo productivo que estuvieron en juego. Tampoco podemos hacerlo sin prestar atención a quienes eran los destinatarios de sus formas y creaciones, quienes eran sus consumidores y en qué términos se produjo el acceso al diseño. En este sentido, los archivos son instituciones fundamentales porque nos permiten conservar nuestra historia y al mismo tiempo nos ponen en la obligación de re-escribirla desde nuevas perspectivas.