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Aczel: «Diseñadores, técnicos, fabricantes, comerciantes y usuarios constituyen una unidad que define la bondad de un producto; todos juntos tienen la oportunidad de mejorar la vida de una sociedad y de cualificar su entorno»

Susi Aczel, pionera del diseño de productos y de la gestión empresarial en el país, describe el círculo virtuoso que debe transitar un pieza para trascender y argumenta acerca de cómo los cambios técnicos y tecnológicos repercutieron en la diversificación de la oferta en el siglo XX y XXI.

Nacida en Viena en 1931 y formada en Diseño Técnico con Walter Zieg y en Historia del Arte en las Academias Manero y con Jorge Romero Brest, Susi Aczel comenzó su prolífica trayectoria en el estudio de Martín Eisler, donde ejecutó artefactos de iluminación, mobiliario y estampados textiles. Su activa participación la convirtió, en poco tiempo, en socia de la compañía Forma en Argentina, registrada por Eisler en 1954; y, cuando esta se fusionó con Interieur, en codirectora de Interieur Forma junto a Eisler y Arnold Hakel, empresa representante en Sudamérica de Knoll International desde 1961.
En el ámbito de la gestión, Aczel estuvo a cargo de la apertura del InterDesign de Viena en 1973 y propició el ingreso del diseño moderno en espacios como el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, el Museo Nacional de Arte Decorativo y el Palais de Glace. Asimismo, entre 1979 y 1988, integró el directorio del Centro de Investigación del Diseño Industrial (CIDI) y, en 1986, se sumó a Diseñadores de Interiores Argentinos Asociados (DArA).
En esta oportunidad, la creadora de piezas como la silla Coca (c. 1953) y el sillón Curvas (1954) participa de la sección “Opinión Experta” del Old&Newsletter de agosto para reflexionar, desde su honda experiencia en el campo productivo y comercial, sobre el vínculo entre el diseño y la técnica.

–¿Se puede repensar o redefinir el diseño desde la técnica? ¿Y la técnica desde el diseño? ¿Puede uno prescindir del otro?

–No se puede prescindir de ninguno. Es como si preguntaras si se puede vivir sin comer o sin leer…, necesitás las dos acciones. Lo que se debe tener en cuenta son las capacidades del diseñador y del técnico. Mientras que el primero necesita trabajar con el segundo para resolver los problemas constructivos y los materiales a utilizar, el técnico, conocedor de productos nuevos, busca al diseñador para mostrarlo mejor.
Además, y luego lo explicaré, sumaría a este círculo virtuoso tres actores: el fabricante del producto, el que lo comercializa y el consumidor.

–¿Qué casos, personajes, productos o elementos de la cultura argentina e internacional podrían dar cuenta de una experiencia superadora entre estos términos?

–En línea con el último concepto, expondré algunos casos exitosos. En 1980 el Banco Hipotecario, como consumidor, lanzó una licitación para la compra de sillas. Interieur Forma, productor, buscó al diseñador y técnico Mario Mariño, quien realizó un asiento con un respaldo oscilatorio.
En otra oportunidad, Emilio Ambasz creó una silla para Interieur Forma, cuya matricería fue realizada en Bolonia. Cuando esta llegó a la Argentina fue producida y vendida por Interieur Forma. O, cuando Manuel Saez fue invitado por Interieur Forma a diseñar una silla, la Belt, colaboró con los técnicos en la fabricación del producto. Aquí, sus conocimientos de los materiales y las partes fueron clave para evaluar si era necesario importarlos o buscarlos en el mercado local.
Y así, podría seguir. Para dar un ejemplo de hace muchos años: en 1954, Florence Knoll contrató a Eero Saarinen para diseñar un conjunto de sillas y mesas. Saarinen desarrolló los productos con Kurt Burgold, exempleado de una fábrica aeronáutica de los Estados Unidos, con gran conocimiento en el uso del aluminio y la fibra de vidrio. El resultado fue la colección Saarinen, en vigencia hasta hoy.

–¿Ha cambiado en el siglo XXI, con las nuevas tecnologías, modos de educar, habitar, consumir y relacionarse, la vinculación entre diseño y técnica?

–Según la materia prima, han cambiado los parámetros de producción. Con el aluminio, se empezaron extruyendo piezas para ventanas y tabiques en grandes cantidades. De la fundición en tierra se pasó a coquilla y de esta a la inyección, un proceso mucho más dinámico. Los terciados, por poner otro ejemplo, necesitaban 24 horas para moldearse. Actualmente, con una matriz más compleja, en una máquina se producen grandes cantidades en solo una hora.
Desde el punto de vista tipológico, puedo hablar acerca de lo que sucede en las oficinas, donde más experiencia tengo. Hoy, en Estados Unidos, la fabricación de sillas con movimiento tiene inversiones de hasta 2 millones de dólares.
El cuidado del personal desde hace tiempo —incluso antes de la pandemia— empezó a ser prioritario. El respeto al cuerpo humano para trabajar sentado llevó a pensar en esta pieza de mobiliario como una de las prioridades.
Alrededor de esto hay una infinidad de variables: ajuste de alturas, ubicación en el respaldo del apoyo lumbar, graduación del brazo, deslizamiento, oscilación, todas posibilidades que deben ser manejadas fácilmente por botones o manijas.
Además, debemos sumarle el arribo de la tecnología. La ubicación de la pantalla tiene que quedar a nivel visual para no producir lesiones en el cuello y la espalda, la ubicación del teclado también debe contemplarse. Y, si es necesario trabajar parado, se debe pensar en un escritorio con accionamiento por manija o hidráulico para subir y bajar su tapa.

–¿Cómo podría potenciarse este binomio para generar soluciones innovadoras que impliquen mejoras en tópicos como la inclusión, la diversidad cultural, la equidad de género, el cuidado medioambiental, la salud y el acceso a la educación?

–Este punto es difícil de implementar. Lo cierto es que diseñadores, técnicos, fabricantes, comerciantes y usuarios constituyen una unidad que define la bondad de un producto; todos juntos tienen la oportunidad de mejorar la vida de una sociedad y de cualificar su entorno.
Es decir, el respeto individual que prima en ciertos ámbitos debería afectar cada vez a más individuos. En los barrios más vulnerables, debería hacerlo a través de un trabajo de calidad para todos y todas, que es la meta final. Esto significa que el diseño podría incluir a sus habitantes en proyectos transversales, como lo hacen los hermanos Campana en Brasil, con más cooperación de los actores mencionados y menos del Estado.