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Gallardo: «No creo en la necesidad de una identidad colectiva para que el diseño ocurra, pero sí en la memoria como respaldo y acervo de los saberes y de las experiencias propias»

El arquitecto, diseñador y docente Jonny Gallardo explica por qué la búsqueda forzada de una identidad puede significar la exclusión de elementos constitutivos de la sociedad y de su historia.

Nacido en la provincia de Córdoba, Jonny Gallardo se graduó como arquitecto y sumó, a su labor profesional, el diseño industrial y la docencia. Actualmente, es titular de cátedra y director de la especialización en Diseño de Muebles (DiMu) en la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño de la Universidad Nacional de Córdoba (FAUD-UNC) y es profesor en establecimientos de Uruguay y de Paraguay.

Investigador y doctorando, ha dictado conferencias de diseño de muebles en universidades del país y de Latinoamérica y sus productos fueron expuestos en el Museo de Arte Moderno de Frankfurt (Alemania), el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara (México), el Museo de la Silla de Asunción (Paraguay), la feria Movelsul de Bento Gonçalves (Brasil) y la muestra Nuova Tendencia de Roma (Italia).

En esta oportunidad, el director del estudio Jonny Gallardo & Asociados responde las preguntas de la sección Opinión Experta del Old&Newsletter de enero y reflexiona sobre la importancia de la memoria para construir futuro.

–¿Cuál es su experiencia con el diseño?
–Soy arquitecto, tengo mi estudio, siempre trabajé de manera independiente. He podido estar cerca de gente determinante como Ricardo Blanco, Víctor Bentolila, Biagio Cisotti; conocí a muchas personas que me ayudaron aun sin saberlo, como ocurre generalmente en estos casos. Soy del interior del interior –un pueblo de Córdoba llamado Hernando– y primera generación profesional en toda mi familia, algo solo fue posible gracias a la universidad pública, que defiendo y voy a defender bajo cualquier circunstancia. La mía es una experiencia que intenta sostenerse en tres puntos de apoyo: el profesional, el académico y el de la reflexión editorial.

–¿Qué debe tener una pieza para ser considerada un buen diseño?
–En primer lugar, cumplir con los objetivos planteados por los actores que participan en el proyecto: entre estos, el cliente, el cliente del cliente, el diseñador y cada uno de los que intervienen en la producción. Luego, todo producto debería aportar algún tipo de plus, plena responsabilidad del diseñador y que va mas allá de la simple resolución técnica de un objeto. Ese plus puede ser funcional, formal, productivo, simbólico, etcétera, y no tiene por qué ser visible. El buen diseño se agradece, el mediocre desaparece y el malo se padece.

–¿Existe una identidad en el "diseño argentino"? ¿hay un solo "diseño argentino"?
–No creo, y tampoco creo que sea necesario. La identidad colectiva, de alguna manera, es un signo de carácter negativo, porque dejamos fuera aquello que no nos identifica para valorarnos, pero que sin embargo es parte de nosotros. Fernando Fraenza dice: “La identidad se diseña diseñando la exclusión de aquellos con los cuales no nos queremos identificar o no conviene identificarnos”.
Sí existe algo más importante que la identidad: la memoria. Esta habla de saberes y de hechos que nos construyen, no es selectiva y alberga tanto lo bueno como lo malo, que es, en definitiva, de lo que estamos hechos.

–¿El diseño es valorado socialmente en Argentina? ¿y por las empresas?
–Creo que socialmente no es valorado, son pocas y muy sofisticadas las comunidades que lo hacen. Generalmente, son aquellas que tienen satisfechas necesidades básicas para la vida, y nosotros aún estamos lejos de resolverlas. Se valoran, sí, algunos productos en comparación con otros, pero no se captan o reconocen los intangibles.
En cuanto a las empresas, desde hace unos años se está recorriendo un lento pero sólido camino que llevó a muchos diseñadores a trabajar con empresas. Esto se debe a la maduración de la profesión y de las escuelas de Diseño y se da a pesar de las permanentes dificultades del contexto socioeconómico y de mercado, que es el territorio donde se desenvuelven las compañías. Algunos empresarios han entendido que el diseño es a una firma lo que un ladrillo a un inversionista: un valor real, no devaluable, un valor refugio.
De todas maneras, no solo en las empresas se puede trabajar con el diseño; existen instituciones, organismos, asociaciones, fundaciones, cámaras, editoriales y un gran número de espacios en los cuales poder desarrollarse.

–¿Cuál es la importancia de los archivos y las colecciones patrimoniales de diseño?
–Esta pregunta está íntimamente ligada con la que aborda la “identidad”. No creo en la necesidad de una identidad colectiva para que el diseño ocurra, pero sí en la memoria como respaldo y acervo de los saberes y de las experiencias propias. En este sentido, los archivos y colecciones patrimoniales cumplen acabadamente ese objetivo.

–¿Por qué sería necesario resguardar la memoria del diseño?
–Porque sin memoria estaríamos naciendo todos los días…; y recién nacido es imposible desarrollarse sin protección y cuidado permanente. Solo la memoria –tácita y explícita– aporta el conocimiento necesario para independizarnos y poder ser. Aun el instinto utiliza la memoria para decidir, memoria de la propia existencia, pero también memoria genética de la especie. Fue Jean Paul Sartre quien dijo: “El hombre, sin apoyo ni socorro, está condenado a cada instante a inventar al hombre”.

–¿Qué condiciones debería tener una institución para hacerlo?
–En primer lugar, delimitar claramente su alcance y estar dirigida por diseñadores-curadores. Luego, tener una mirada amplia, que contemple todo el territorio y los diferentes períodos. Me he encontrado más de una vez con muestras o con publicaciones que pomposamente anunciaban “la historia del diseño argentino”, cuando sus curadores o editores no habían cruzado jamás la avenida General Paz.

–¿Por qué en Argentina, a diferencia del resto del mundo, casi no existen espacios museísticos que le otorguen un lugar al diseño?

–Es bueno que así sea. Los museos son burgueses, mausoleos anquilosados que esconden aquello que debería estar a la vista de todos. No creo que el diseño sea para este tipo de instituciones. Estas se instalan en las principales ciudades, en los barrios más caros y mejor asistidos. La gente del lugar no va a los museos, van los visitantes –generalmente– foráneos. Ahora bien, si existen diseños que son determinantes para contar la historia de un lugar, está bien que estén allí como testimonio, pero no a modo de “museo de diseño” sino como testimonio de un pueblo, junto a otros elementos de la cultura.

–¿Cuáles son los desafíos de la comunidad del diseño para el futuro?
–Vivimos tiempos de reconversión y reenfoque permanente en muchas disciplinas, y el diseño y la arquitectura no escapan de esta lógica. Los límites de los saberes se han diluido, vivimos en un permanente estado de descubrimiento. El diseño, hoy, es una actividad predominantemente económica, pese a que nació como una forma de luchar contra la clásica cultura burguesa y el conformismo. Por lo tanto, el desafío es recuperar estos valores. Me gustaría que el diseño ayude, de alguna manera, a evitar el triunfo total del capitalismo.