Block title
Block content

Barañao: «El talento de nuestros diseñadores es mundialmente reconocido, debemos ponerlo en valor y hacer de eso un activo al servicio del desarrollo económico del país»

El secretario de Ciencia, Tecnología e Innovación productiva de la Nación, Lino Barañao, ofrece su visión acerca de las nuevas maneras de pensar la disciplina y sobre la importancia del diseño del conocimiento en un mundo multipolar.

Lino Barañao es doctor en Ciencias Químicas por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Entre otros cargos, fue presidente de la Comisión de Tecnología del CONICET (1999-2000) y del Directorio de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica (2003-2007). A partir de la creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la Nación, ocupó el cargo de ministro (2007-2018), gestión durante la cual se repatriaron más de mil científicos y se inauguraron el Polo Científico Tecnológico y la megamuestra de arte, ciencia y tecnología Tecnópolis. Desde 2018, es el responsable de la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación productiva que funciona bajo la órbita del Ministerio de Educación. En el marco de la sección “Opinión Experta” del Old&Newsletter, Barañao analiza el rol que ocupa el diseño como nexo entre los diversos campos del conocimiento, la industria y la sociedad.

–¿Existe una identidad o un diferencial en el “diseño argentino”?
–La identidad está dada por la mayor creatividad. Recuerdo cuando vino el chef español Ferran Adrià para dar un taller en Argentina y, al preguntarle con qué asociaba el país, me dijo que indefectiblemente lo hacía con la creatividad. Que no exista, tal vez, otro país con tantas muestras de creatividad responde a las sucesivas crisis, la resiliencia, y también a la irreverencia que nos caracteriza, ese poco respeto por la autoridad. Enrique Zuleta Puceiro contaba que si discutían una persona de clase baja y otra de clase alta en Brasil y esta última le preguntaba: “¿Usted sabe con quién está hablando?”, la charla se terminaba; en Argentina, en cambio, el otro le contestaría: “¿Y a mí qué me importa?”. Eso, en la creatividad se traduce a no ajustarse a las normas sino a hacer lo que a uno se le ocurre... básicamente, lo que distingue a la Argentina: no atenerse a los patrones establecidos.

–¿Cómo interviene el diseño en la ciencia y la tecnología?
–Son áreas que estuvieron históricamente disociadas. Ya a principios de la gestión anterior, reclamamos que el diseño fuera de nuestra incumbencia. La razón: el diseño es información aplicada a un objeto, es la interacción entre la geometría y la neurociencia y está relacionado con las formas que nos producen placer o que tienen un componente estético, aspectos que no pertenecen a la ingeniería. Creo, justamente, que la clave de los nuevos objetos, como los Iphone, es haber incorporado no solo tecnología eficiente sino un diseño que convierta al objeto en algo deseable.
Además, hoy el diseño requiere más conocimiento científico. Desde software para facilitar el proceso y el estudio de nuevos materiales hasta el análisis de soluciones biológicas para resolver problemas físicos. No basta con que un objeto sea atractivo sino que debe cumplir con otros requisitos. Por ejemplo, el otro día vi un aviso de zapatillas fabricadas con plástico reciclado del mar. Allí, el producto exige una adaptación del diseño para que el aprovechamiento de esa materia prima sea posible.
Después hay casos, como la industria del alimento, donde el diseño ganó mucho terreno. Hoy el consumidor no solo quiere nutrición sino que busca un packaging agradable estéticamente y hasta espera que el propio alimento esté diseñado. Con el Centro Internacional de Diseño del Conocimiento Tomás Maldonado y el financiamiento del BID, organizamos unos talleres de food design, una disciplina que en Argentina tiene un tremendo potencial ya que combina dos de las cosas que nos identifican: alimento de calidad y diseño creativo.

–¿El Estado reconoce el valor del diseño? ¿y el de la gestión y la investigación sobre el diseño?
–Creemos que el diseño es una de las áreas del conocimiento que debe ser apoyada. Por eso, lo hemos incorporado a través del concurso Innovar a nuestra Secretaría –antes Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva– y al Centro Tomás Maldonado, uno de los institutos centrales en el área de investigación del polo.
No obstante, aún nos falta propiciar la interacción entre el diseño y las ciencias duras y lograr que la disciplina sea más valorada en el Conicet, donde existe una impronta muy academicista que suele despertar críticas por la falta de un criterio de evaluación adecuado para los proyectos de diseño. Asimismo, falta trabajar en el área de design thinking, con fuerte presencia en muchas universidades a nivel mundial.
En ese sentido, mis proyectos en la Universidad de Buenos Aires (UBA) apuntan a una mayor vinculación entre los pabellones de Arquitectura, Urbanismo y Diseño y de Ciencias Exactas, que no existe y que debería ser un espacio de interacción vital. En el Centro Latinoamericano de Formación Interdisciplinaria (CELFI), ubicado en el edificio Cero más Infinito, queremos incorporar diseñadores porque, entre otras cosas, habrá un área de visualización que requerirá de personas que tengan la mentalidad para reflejar gráficamente conceptos de la ciencia que son bastante abstractos.

–¿Cuán conectado está el diseño nacional con los nodos de producción y conocimiento a nivel internacional?
–Desde el Centro Tomás Maldonado estamos promoviendo su vinculación, en este caso, con un consorcio de universidades italianas y la Universidad Humboldt de Berlín. Como en cualquier disciplina, es esencial la articulación con otros países, tanto para visibilizar nuestro trabajo como para incorporar herramientas y tendencias. También, cada una de las facultades de Diseño tiene sus propios programas de cooperación internacional. Me parece importante que los jóvenes se expongan a estas experiencias porque luego permiten generar lazos globales.

–¿El diseño es valorado socialmente en Argentina?
–En las estadísticas universitarias, la carrera de Diseño Gráfico está cuarta después de Abogacía, Medicina y Ciencias Económicas. No sé si eso implica valoración o simplemente una salida laboral, pero creo que la apreciación de la creatividad está en el inconsciente colectivo.
El argentino valora el producto que tiene un diseño sofisticado, algo que puede verse también en sociedades como la italiana. Es cierto, también, que aunque el diseño excede lo superficial y es intrínseco al objeto, la gente lo asocia más con la gráfica y la indumentaria que con los productos industriales, que es una rama menos blanda y que debería ponderarse más. En Argentina, esta última podría ser un área en la que nos destacásemos a nivel mundial, ya que podríamos exportar no solo tecnología sino también el servicio del diseño. Hoy el conocimiento es un valor transable. Sin ir más lejos, es de lo que vive Israel, que está financiado por los 250 mil técnicos que trabajan en las compañías de alta tecnología.

–¿Cuál es la importancia de los archivos y las colecciones patrimoniales de diseño? ¿Por qué sería necesario resguardar la memoria del diseño?
–En todas las áreas se necesita una memoria histórica para trazar una línea de tiempo que permita ubicarnos y saber dónde estamos. En el caso de Argentina, hay un valor adicional que es recuperar el orgullo por la capacidad para desarrollar diseños creativos. Por eso queremos concretar una muestra retrospectiva con aquellos productos que estuvieron en el mercado y que tuvieron un valor cultural para la gente, como el Magiclick, las heladeras Siam, los televisores Noblex. Es importante recuperar la mística en momentos en los que la industria argentina no está pasando por un buen momento, y recordar que supo ser competitiva por la calidad y el diseño de sus productos.

–¿Por qué en Argentina, a diferencia del resto del mundo, casi no existen espacios museísticos que le otorguen un lugar al diseño?
–Creo que nunca se planteó la iniciativa o no hubo propuestas. Ni el sector del diseño local pensó en la dimensión expositiva para divulgar lo producido ni los museos tradicionales lo contemplaron por no entrar en su concepción histórica de las Bellas Artes. Si uno va al MoMA, por ejemplo, exponen hasta los perfiles de aluminio con los que se construyeron los rascacielos, y ahí uno ve que las soluciones técnicas también pueden ser armoniosas a la vista y resultar innovadoras para otros fines. Es una asignatura pendiente que debemos encarar, por eso, cuando le comenté a Hernán Lombardi sobre hacer una exhibición de diseño industrial, él la avaló totalmente. Incluso, creo que incidiría también en una mayor valoración social.

–¿Qué condiciones debería tener una institución para hacerlo?
–Lo que ya cumple Fundación –I–D–A: tener capacidad curatorial. Solo faltaría un espacio de exhibición al público… que podría ser Tecnópolis. Una posibilidad que se presenta a futuro es la Expo 20.23, que tendrá lugar en Argentina y tratará sobre las industrias creativas. Ahí debería haber un pabellón con la historia del diseño local en todas sus formas. El talento de nuestros diseñadores es mundialmente reconocido, entonces debemos ponerlo en valor y hacer de eso un activo al servicio del desarrollo económico del país.

–¿Qué trama institucional debe generarse para la investigación, la conservación, la puesta en valor y la difusión del diseño local? ¿Qué otros actores se pueden vincular para lograrlo?
–Las asociaciones profesionales y empresariales, como la Unión Industrial Argentina (UIA), tendrían que ocupar un papel importante y darle mayor relevancia al diseño. Hay muchas compañías argentinas con extensa tradición de aporte al diseño que deberían contribuir, casi como una función social, a este fin.

–¿Cuáles son los desafíos de la comunidad del diseño para el futuro?
–Bajo el concepto de “diseño del conocimiento”, la disciplina podría ser el nexo aglutinante para cualquier área. No ver el diseño únicamente como un aporte para embellecer lo que hacen otras tecnologías, sino ser el núcleo que permita coordinar distintas áreas y concebir un objeto funcionalmente eficiente y estéticamente atractivo. El diseñador tiene la capacidad de integrar todas las cadenas de valor, desde una aproximación holística y menos analítica con respecto a otros campos, aunque para eso debe capacitarse no solo en los aspectos tradicionales sino en las ciencias materiales y en la informática.
Hoy cualquier industria necesita de la mirada del diseño. Por ejemplo, los productos requieren información que antes no era necesaria, por lo que el usuario ahora debe poder ver su composición a partir del escaneo de un código QR o acceder a todo el proceso productivo con aplicaciones de realidad aumentada. Eso no es tecnología: es diseño. Es pensar desde el punto de vista del consumidor qué resultará atractivo y cómo hacer para que ocurra. El diseño argentino debe tener un rol mucho más relevante del que hoy tiene porque puede cortar transversalmente todas las áreas y ser el factor diferencial que haga que el país acceda a los mercados exigentes.